De sinceridad y otras dificultades

De sinceridad y otras dificultades

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El sábado salí a caminar sin destino. Disfruto de esos paseos donde me pierdo en la nada pero lo observo todo. Y mientras los paisajes urbanos hacen su propia magia, las imágenes de los últimos días comienzan a entrelazarse, como si todo tuviera un propósito de ser, un mensaje clave que transmitir.

En mi andar me crucé con dos chicas. Creo que no llegarían a los veinte. Muy jóvenes, con esos zapatos con plataforma que no estilizan para nada las piernas ni los pies y chupines hiper apretados. Una tenía el pelo teñido en degradé, ese estilo “Ombre” o “Californiano”. Así funcionamos los seres humanos: siguiendo modas, buscando grupos de pertenencia. Ser el bicho raro nunca fue demasiado “cool”.

“Me contesta pero siempre tiene una excusa. No termino de entender si tengo alguna posibilidad”, le decía una a la otra mientras le mostraba el celular. “¡Qué cuadro tan de última tendencia! “, me dije para mis adentros mientras disimulaba interés en una vidriera.

Comparto esta canción para lo que sigue. (“Te prefiero inalcanzable”, decía Gustavo).

Y ahí estaba yo, con el doble de edad y rodeada de historias similares en mi propio círculo íntimo. De pronto todo eso me provocó tanto cansancio, tanta pesadez. Como si en un segundo la humedad se hubiera disparado al 100% y me hubieran puesto rocas en la cartera. ¿Cuántos años de nuestras vidas nos la pasamos teniendo conversaciones similares? “Si le gustas, te busca” escuchamos decir a cada rato y, sin embargo, pareciera no tener un fin, pareciera que no aprendemos. Aparte, y retomando el post anterior, ¿no nos faltaría ser nosotras más heroicas y frontales? ¿Acaso no solemos hacer lo mismo cuando alguien no nos interesa? Tendemos a desvanecernos con la esperanza de que el otro desista.

 

Allí estaban las chicas, en esa charla repetida mil veces en la historia de este mundo y a mí, a la espía involuntaria, se me vinieron varias situaciones de esta última semana a la cabeza. Una de ellas, un comentario de una lectora en el post anterior:

“Es difícil pero necesario sincerarnos, Se los debemos a los demás y principalmente a nosotros mismos, respeto se llamaba. Adhiero al 100 % con ser el cambio que queremos ver, ese héroe valiente que no tiene miedo a sufrir o al menos lo intenta. ¿Por qué sería diferente con el amor? Si el respeto es una premisa que utilizamos para ser mejores ciudadanos, mejores amigos, mejores todo, ¿por qué no mejores en el amor?”

En serio, por qué no mejores en el amor.

Y justo después de leer el comentario, llegó el ejemplo vivo. Fue durante una cena en lo de una amiga. “Esteban no para de escribirme para invitarme a salir”, me dijo ella de pronto. “Es divino, pero no me gusta.” Esteban y mi amiga ya se habían visto dos veces. Él incluso la había invitado a comer. Pero nada, no le atraía ni un poco. “Le contestás todas las veces sin aclararle nada y le mantenés falsas esperanzas”, le dije, “Vas a tener que ser sincera.”

Otra vez él sonidito del Whatsapp y él del otro lado. “¿Qué le pongo? Ya sé que es mejor, pero me da tanta cosa.” Y entonces pasó lo inesperado. El mensaje de Esteban decía:

“Me sale preguntarte algo. Es un poco patético pero bueh. Me pasa últimamente que conozco gente y cuando me interesan a mí no pasa lo mismo del otro lado y cuando alguien se interesa en mí, a mí no me pasa lo mismo. No es fácil ser sincero en estas cosas pero un esfuerzo no está de más.”

Justo. Tan justo.

Y entonces ella le fue completamente sincera. Tal vez nunca haya sido tan honesta a la hora de “rechazar” a un hombre. Y sintió un alivio inmenso y una sensación de bienestar. Es cierto que ya tenía pensado decirle la verdad y que él se adelantó a los hechos; pero al hacerlo, lo volvió todo mucho más sencillo. Alguien tiene que dar el primer paso.

Mi amiga fue honesta y él se lo agradeció tanto.

“No le contestes más. Que te busque”, la voz de la chica con el pelo degradé me trajo de vuelta a la realidad. Me devolvió a los paisajes de mi paseo sin destino.

 

A los veinte, creo que es hasta un poco divertido ese juego del gato y el ratón, ese leve histeriqueo, esa incertidumbre que te desconcentra en la vida. Pero me parece que de a poco, con los años, son otras cosas las que nos hacen felices. Esos comportamientos nos agotan; y nos vuelven descreídos y hasta un poco necios. El problema es que la memoria física es muy fuerte. Estas formas incorporados desde tan chicos aparecen como naturalizadas. No es fácil desandar los caminos, desaprender mecanismos vistos, accionados y repetidos.

Pero creo que llega un punto el cual debemos hacerlo. Más si queremos volver a empezar bien. La situación con mi amiga sirvió de gran ejemplo: de la mano de la sinceridad, ella fue más feliz y él fue más feliz. Aunque no fuera juntos.

Ser un poco más felices cada vez que podamos. ¿No se trata de eso la vida?

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Por: Carina Durn – Ohlala